
Este año no tengo ganas de hacer el resumen del año, ni el recuento de cuántas cosas nos han pasado y de las que nos han dejado de pasar. No sé. Me pilla floja y un tanto desesperanzada. La humana condición hay veces que me sobrepasa.
Pero, ¡Eureka! He leído el
discurso de Obama en la entrega del Nobel. El delirio, la locura, el frenesí, y, un subidón de endorfinas que no veas. Dice que
el mal existe y que hay que combatirlo. Me tranquilizo, porque ya empezaba a pensar que no es democrático excluir a nadie. Dice que
la guerra, de una forma u otra, surgió con el primer hombre, y me reconcilio con la humana condición y, sobre todo, con mi vecino, que, dicho sea de paso, pretende quedarse con mi silla de la Asociación de vecinos. Dice también que los estadounidenses
somos los herederos de la fortaleza y previsión de generaciones pasadas, y es un legado por el cual mi propio país legítimamente siente orgullo, y, como ZP es amiguete de Obama, y le gusta lo que dice, pues, igual lee esto y lo entiende, y entonces recuerdo que yo también tenía mi propio país con un pasado glorioso, y recobro la esperanza en el futuro. Pero, ¡atención!, esto es solo el comienzo del paroxismo. Si sigues leyendo empiezas a abjurar de tus principios sesentayochistas, (yo no los tengo, porque nací dos o tres añillos antes):
habrá ocasiones en las que las naciones, actuando individual o conjuntamente, concluirán que el uso de la fuerza no sólo es necesario sino también justificado moralmente. Siento un ligero mareíllo al ver lo de la justificación moral de la defensa de los valores propios, y me alegro de estar sentada. Un tipo como éste que es listo, profesor de Derecho Constitucional, (no es por nada), que se ha movido por los valores de la pazzzzzzzzzzz, dice que
decir que la fuerza es a veces necesaria (…) es reconocer (…) los límites de la razón. Ahora, sin embargo, reconozco que me aturrullo, porque entonces no sé si defender mi silla de la Asociación por la fuerza, porque la actitud de mi vecino supera claramente los limites de mi razón.
Luego cita al Presidente Kennedy (dos veces, por más señas), y hace suyas sus palabras y dice que
el mundo respaldó a Estados Unidos tras los ataques del 11 de septiembre y continúa apoyando nuestros esfuerzos en Afganistán. ¡¡¡Dios!!!! ¿Se imagina alguien a ZP citando a Aznar para justificar la guerra de Irak, y luego de Afganistán? Lo retiro. No he dicho nada. Pero me viene a la mente ZP, y pienso en la cara que pondrá si lee que
la convicción de que la paz es deseable rara vez es suficiente para lograrla. La paz requiere responsabilidad. La paz conlleva sacrificio. ¿Será esto lo de “si vis pacem, para bellum”? ( a ver; para los hippies de ciencias: no significa “si quieres la paz, para la guerra”; significa “si quieres la paz, prepara la guerra”), y la adereza con el dialogo, poniendo como ejemplo a personajes del siglo XX como Nixon, Juan Pablo II o Ronald Reagan (Uyyyy! ¡Por poco! Le ha faltao Marrrrgarita Tatcher). Aquí ya me tiene “entregá”. Reconozco que la locura se desata en mí.
La falta de esperanza puede corromper a una sociedad desde su interior. Saltan todas las alarmas:
dado el vertiginoso ritmo de la globalización y la homogenización cultural promovida por la modernidad, no debería sorprendernos que la gente tema perder lo que aprecia de su identidad particular: su raza, su tribu y quizá más que nada, su religión. ¡Que esto ya lo dijo un Papa, que condenó el modernismo! El delirio llega pronto:
la regla de vital importancia en todas las principales religiones es tratar a los demás como te gustaría que te traten a ti. ¡Por Dios, por Dios! ¡Si son los Evangelios apócrifos los que dicen esto! Y, los otros, dicen “amar al prójimo como a mí mismo”
Cumplir con esta ley de amor siempre ha sido el foco en la lucha de la naturaleza humana. No somos infalibles. Cometemos errores (…), pero no tenemos que pensar que la naturaleza humana es perfecta para continuar creyendo que se puede perfeccionar la condición humana. No tenemos que vivir en un mundo idealizado para seguir aspirando a los ideales que lo harían un lugar mejor. La no violencia que practicaban hombres como Gandhi y King quizá no sea práctica o posible en todas las circunstancias, pero el amor que predicaron, su fe en el progreso humano, siempre debe ser la estrella que nos guíe en nuestra travesía. ¿Ha dicho,
la estrella que nos guíe en nuestra travesía? ¡Madre mía! ¡Como a Melchor, Gaspar y Baltasar!
No puedo, no puedo más.
Obamita de mi vida/Tu eres bueno, como yo/Por eso te quiero tanto/Y te doy mi corazón/Tómalo, Tómalo/Tuyo es, mío no